martes, 29 de octubre de 2013


18/10/2013 Viernes.

Decimoctavo día del décimo mes del decimotercer año del segundo milenio.

Villaviciosa de Odón (Madrid)
 
Para el día de hoy el desarrollo de la clase estaba planteado de forma sencilla.

MS debía seguir organizando toda la información que había recogido en el día de ayer y debía comenzar también a trabajar en las primeras quincenas (trabajo de las unidades didácticas que les van mandando a los alumnos de secundaria a través de la plataforma educativa del CIDEAD) cuyas entregas estaban previstas para el día 20 de octubre como fecha límite. Tenía escasos dos días, contando además con él participa en parte del show.

La verdad que la jornada escolar le dio para bastante. Fue capaz de elaborar varios calendarios mensuales donde dejar reflejadas las fechas de las primeras entregas de actividades, supo elaborar un listado de los libros de texto que necesitaba para el curso y pudo comenzar a trabajar en las primeras quincenas que descargó de la plataforma del CIDEAD.

La sorpresa, y una de las casualidades de la vida, fue que, durante el recreo, mientras le daba a su madre la lista de los libros que le hacían falta, una de las personas que pasaban por el circo y que estaba junto a la puerta del mismo, le dijo que él gustosamente le facilitaría todos esos libros, y que esa misma tarde los tendría. Efectivamente, así fue. De ese modo MS ya no tendría excusas para no trabajar ese fin de semana en sus actividades, y podría entregar, dentro de sus posibilidades y teniendo en cuenta todo el trabajo acumulado debido al retraso en mi incorporación, el mayor número posible de quincenas.    

GA, AS y ÁQ estuvieron ocupados durante la primera parte de la jornada con la evaluación inicial de Matemáticas que comenzaron el día anterior. Cada uno a su ritmo, pero unos esperando a otros, como buenos compañeros, para poder “bajar” las páginas del ordenador y pasar a las siguientes actividades. Sin poder imprimir las hojas de tareas de esas evaluaciones iniciales, todo se tuvo que hacer copiando directamente de la pantalla del ordenador.

Con los más pequeños, y mientras el resto trabajaba de forma autónoma, comenzamos a “trazar los primeros trazos” (y valga la redundancia) de las fichas de caligrafía y lectoescritura. Cuando ya se cansaron, y antes de comenzar el recreo, se relajaron un poco “amasando” plastilinas y creando sus propios juegos.

Tras el recreo llegó para todos, excepto para MS, la parte de Educación Artística,

Los mayores debían realizar, con una cartulina y colores, el cartel con las normas de clase. Para ello les facilité la hoja en la que el día anterior, y por consenso, se habían dejado escritas las que serían las normas de clase, además de unos “rotuladores mágicos” con los que podrían escribir en los cristales de la clase para poder poner en orden de importancia las diferentes normas. (Como no disponemos de pizarra con la que poder trabajar en condiciones, me pareció muy útil poder utilizar a modo de pizarra los grandes ventanales que conforman una de las paredes de la clase). La tarea no era sólo realizar ese cartel con las normas. Ésta tenía intrínseca una parte social. Debían cooperar, discutir, argumentar (individualmente y en equipo), etc., para elaborar esa propuesta de cartel. El único “inconveniente” era para ÁQ, ya que no domina el castellano suficientemente bien como para poder comunicarse de una forma correcta con sus compañeros, pero con un poco de esfuerzo entre todos y la ayuda de GA (anglófono), pudieron llevar a cabo con éxito la tarea.

Los pequeños por su parte, mientras miraban atónitos cómo los mayores escribían en el cristal, debían compartir una pizarra de unos 1,5 m2 en la que, utilizando tizas de colores, debían expresarse “libremente” según las indicaciones que yo les iba dando. Debían dibujar sus familias, sus amigos, el circo, paisajes…, y lo más importante “árboles” (test del árbol). Esto me serviría para poder saber qué tipo de relación existe entre los dos pequeños, cómo comparten, qué tipo de normas se imponen en sus juegos, cómo interactúan y respetan uno al otro, qué colores utilizan, etc.
 
Los “rotuladores mágicos” captaron tanto la atención de todos que les prometí que si acababan sus tareas (el cartel para los mayores y los dibujos en la pizarra para los pequeños), la parte final del día la dedicaríamos a jugar con esos rotuladores. Y como para mí lo prometido es deuda, así fue.

A los mayores les propuse el siguiente juego: con un simple trazo (es decir, sin separar el rotulador del cristal) recto o curvo, y de uno en uno (es decir, “por tocas”) debían ir, utilizando su imaginación y sin hablar entre ellos, completando un dibujo a partir de un simple círculo que yo les dejé en el cristal. Se trataba de ver en qué se convertía ese simple círculo al final del juego. Este juego me podría ayudar a conocer si entre ellos existe alguna idea o interés común, y saber si sus pensamientos e imaginación, en cierta manera, están conexionados. No fue para mí ninguna sorpresa descubrir que ese círculo se convirtió en un feliz payaso malabarista con un traje arlequinado.

Con los más pequeños lo tuve más fácil, debían dibujar lo que quisieran…
Así, sin darse cuenta ninguno de ellos, llegaron a la hora de marcharse a casa, mientras que yo me quedaría trabajando en el aula rodeado por esos nuevos y tan especiales “cuadros” que decoraban ahora la pared de cristal de la clase.

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